Historial de Servicios
Sheila Rice-Wray-Fundadora y Maestra por décadas en el ICDA
Una gema de Dakota del Sur
Colaboración de José Alcántara Almánzar
Ella estuvo en el país durante una corta temporada a los mediados de los cuarenta, de paso a otras tierras americanas en las que no echó raíces. En cambio regresó muy pronto, deslumbrada por el paisaje de la isla y la sencillez de la gente, quedándose entre nosotros para prodigar amor y enseñanzas durante medio siglo. Sheila Rice-Wray - Miss Sheila para todos-, oriunda de Dakota del Sur hija de una austera familia de cuatro hermanas, ha compartido su tiempo entre dos grandes apostolados: la difusión de la Fe Baha´i y las clases de Inglés que la han convertido en una leyenda en el Instituto Cultural Domínico Americano, del que fue fundadora y maestra durante décadas, hasta su retiro hace unos años.
Conocí a Miss Sheila en las postremerías de la Era de Trujillo, cuando mi profesor de sexto grado de primaria, en franca trasgresión al canon religioso del colegio salesiano donde el enseñaba, me invitó a visitar el centro Baha´i ubicado en ciudad nueva. Habló de 1958, año en que la dictadura, ya en pleno declive, había recrudecido la represión política en todo el país, tratando de contener, por medios terrible que resultarían ineficaces a largo plazo el alud de sorda protesta e inconformidad que había nutrido las filas de la oposición clandestina minando por completo las bases del régimen.
En esos días yo era apenas un muchacho de doce años, ajeno a los horrores del acontecer político, pero con los ojos y los oídos atentos a cuanto me circundaba.
La esbelta figura de aquella mujer llena de entusiasmo, que hablaba español con marcado acento norteamericano irradiaba un poderoso atractivo sobre los demás. Seguramente la comversación de los adultos allí reunidos giró en torno a los temas de su fe, pero lo único perdurable de aquel encuentro fue la presencia de Miss Sheila. Nunca volví al centro ni tuve otros contactos con las personas que me presentaron. Sin embargo, la imagen de aquella extranjera de vivaces ojos azules y pelo blanco pese a su relativa juventud, quedó fijada en mi con fuerza que solo tienen las cosas permanentes.
Años más tarde convertido ya en adolescente, decidí estudiar inglés y lo primero que hice fue dirigirme al Dominico para tomar el correspondiente examen de nivel. Grande fue mi sorpresa cuando vi que la profesora encargada de hacer la evaluación era Miss Sheila. Le bastó una breve conversación amistosa en su rinconcito bajo una escalera del viejo local del instituto, ubicado en la Ave. Independencia y la Pasteur, para determinar mi bajo nivel en su idioma. A partir de entonces gracias a la evocación del pasado y a este nexo de mutua simpatía que se estableció entre nosotros surgió una amistad plena de afectos, que los años no han hecho más que enriquecer y consolidar.
A través de las clases impartidas por Miss Sheila, no solo aprendí inglés, sino algunos secretos del arte de enseñar. Su método era, mas que científico intuitivos, lleno de maravillosos aciertos que únicamente se logran cuando educar es un oficio del alma. Su estilo, mezcla de severa espontaneidad y humor desenfadado, de riguroso profesionalismo y eterna alegría, es el resultado de una mujer que ha puesto su vida al servicio de los demás, sin renunciar a su propio espacio, sin abandonar sus aficiones mas profundas, como esa practica de la pintura que fue para ella, durante mucho tiempo una forma de honrar a Dios mediante los colores y las formas. Sus marinas al óleo tienen el sello del Caribe exuberante y salvaje que ha sido su patria de adopción: cielos rabiosamente azules y grises; olas embravecidas que chocan contra los arrecifes; flamboyanes suicidas, como diría Mieses Burgos; atardeceres anaranjados o rojizos que preludian la noche oscura; árboles frondosos o a punto e desfallecer por el peso de los años. Toda la naturaleza vibrante como demostración de la inmensidad del universo y la pequeñez de los seres humanos. Ella todavía conserva algunos de esos cuadros, que cuelgan en las paredes de su cuarto, en un pisito en el hogar de la familia Benzán, y en el resto de la casa donde se cosecha los frutos de la amistad.
Varias generaciones de dominicanos han recibido instrucción de esa maestra de inglés que jamás circunscribió su trabajo al ejercicio del buen decir, la frase correcta y la pronunciación exacta. Era exigente, por supuesto, pero iba mucho mas lejos, convirtiéndose en modelo de finos y elegantes modales, pudor sin mojigatería y espiritualidad desbordante que mostraba en cada clase. Una hora con ella, bien aprovechada, equivalía a empapase de toda la experiencia vital, siempre regocijante de alguien que concibe el universo con optimismo y sabe hacer frente a la adversidad con una admirable entereza de animo. De modo otro modo no se explica que haya vivido tan feliz, sin que aparentemente la perturben amargos recuerdos o viejos dolores, amada siempre de sus profundas convicciones éticas y religiosas la predica de Baha`u`llah. Mas que acudir a su intimidad personal para hacer anécdotas de su juventud, su conversación en los últimos años rescata vivencias de países de Europa o del Oriente donde ha tenido el privilegio de asistir a participar en los en los congresos de la Fe Baha'i. Desde que la conozco, se que para ella, hablar de si misma o de su familia es tema que reserva a muy contadas personas y ocasiones. Lo importante es el sentimiento, la actitud, la forma de asumir la vida, las relaciones con seres humanos concretos y el desarrollo espiritual.
Para mí en particular, Miss Sheila significa mucho más que una respetable profesora de idiomas. Ella ha sido orientada en mis primeras lecturas de autores clásicos norteamericanos, amiga entrañable y consejera. Aprendí mas cosas esenciales oyéndola hablar de Emerson, Hawthome, Poe, Cooper, Twaio, o cualquiera de los otros grandes del siglo XIX, que tratando de desentrañar por mi mismo posibles sentidos en el complejo entramado de un idioma que entonces aprendía. Cuando estuve en Alabama como profesor residente, le escribía una carta para expresarle mi gratitud por su sabia tutela durante los años sesenta, y hablarle de las gratas experiencias derivadas de mis clases, en ingles, sobre cultura y literatura caribeñas.
Cuando en 1973 publique la primera colección de cuentos, ella no vacilo en confesarme su disgusto por el uso de malas palabras en algunos textos. Acepte el reproche en silencio, consciente de que para ella la literatura no debe incurrir en ciertos excesos verbales. Miss Sheila es también, en mis recuerdos, una serie de platicas en su apartamento de la calle Federico Henríquez y Carvajal, deliciosas tardes de te y galletitas dulces-sus inolvidables "cookies"-, que ella misma preparaba para sus invitados. En la breve experiencia como profesor de español a extranjeros en el dominico, hará mas de veinte años, tuve el honor de compartir con ella en un ambiente de camaradería que contribuyo en parte a mi entrenamiento como educador.
De un tiempo a esta parte la visito cuando mis obligaciones me lo permiten, o sea muy poco, aunque trato de darle a cada visita una intensidad que compense las limitaciones de la ausencia. Ella se acicala para recibir al amigo, a quien ofrece alguna golosina de las que guardaba cuidadosamente para tales ocasiones. En algún momento, me muestra orgullosa la galería de retratos de su parentela religiosa, dispersa por los cuatros puntos cardinales del mundo y con la que mantiene una comunicación epistolar esporádica. Son su marco de referencia con la vida exterior, porque, a sus ochenta y ocho años, casi no sale de la casa.
Ahora es una mujer delgada como nunca antes, frágil, pequeña, con la audición y los movimientos diminuidos, pero con el ánimo intacto y la fe fortalecida por la lectura y la meditación. Esta retirada y lejos del mundanal ruido. Cada reencuentro con ella esta permeado por las emociones y los afectos, y se convierte para mi en un regalo del espíritu. Este año, el Dominico celebra cincuenta años de establecido, y los destellos de esa gema de Dakota del sur que responde al nombre de Sheila Rice-Wray, pionera, maestra de generaciones iluminan el sendero de ese centro educativo y lo proyectan con firmeza hacia el futuro.